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Introducción (3)
Carlos II fue una persona débil y enfermiza desde su nacimiento. Su vida parecía una llama débil que en cualquier momento podía apagarse. Su desarrollo físico e intelectual fue lento y retrasado. No pudo andar hasta después de los cuatro años. Padeció un raquitismo evidente. Tardó mucho en aprender a leer y escribir, pero nada prueba que su capacidad mental estuviera por debajo de la normalidad.
Su aspecto físico, tal como lo atestiguan los retratos de Juan Carreño de Miranda y Claudio Coello es el de un personaje débil.
Domínguez Ortiz escribió sobre él: “no fue un anormal ni un cretino, sino un mediocre, de salud enfermiza, de voluntad débil, que se aplicaba al estudio de los negocios públicos por obligación, no por inclinación, que siempre requirió la ayuda de otras personas, aún desconfiando de ellas. No le faltaban buenas cualidades; era humano, sencillo, consciente de sus deberes, pero le faltó mucho para estar a la altura de su misión”.